La parroquia de Santiago Apóstol, por dentro, durante los días de la acogida
Todo empezó con una llamada un viernes a mediodía y una pregunta para la que nadie tenía respuesta preparada. «Mira, no tengo ni idea…», reconoce que respondió Álvaro Piñero, vicario de Santiago Apóstol, cuando le preguntaron qué iban a hacer. Unas horas más tarde, el pabellón de judo Francisco Valcárcel había dejado de ser un pabellón para convertirse en el techo de más de trescientas personas que huían del fuego.
Llegaban de Chapinería, Pelayos de la Presa, Navas del Rey, Cadalso de los Vidrios o Aldea del Fresno. Pueblos que en Villaviciosa se conocen de pasar de camino a la sierra y que aquellos días aparecían en los informativos envueltos en humo. Con los vecinos llegaron también sus párrocos: «Aunque uno esté desplazado, sigue siendo sacerdote y sigue acompañando a la gente de su pueblo», explica el vicario.
Hay un detalle que, a su juicio, lo explica casi todo: quienes acabaron durmiendo en una camilla de la UME no eran, en su mayoría, los que tenían adónde ir. «En estas situaciones lo normal es que te vayas con tus padres o con un amigo, con tus redes familiares. La gente que viene aquí carece de eso: literalmente son los más vulnerables», señala. Mayores, familias inmigrantes, personas que no tenían «ni dónde estar ni con quién estar». Cuando la Iglesia aparece en un sitio así, sostiene, no aparece por casualidad: aparece porque ese es exactamente su lugar.
Una parroquia entera puesta en pie
Cáritas asumió lo más inmediato: mantas, sábanas, toallas, alimentos y apoyar en el ropero montado con criterio y con dignidad, en coordinación con el Ayuntamiento y la Asociación de Vecinos.
Los jóvenes y los catequistas recibieron un encargo que el vicario califica de precioso: los niños. En un rincón del polideportivo se improvisó una ludoteca donde se pintaba, se leían cuentos y se organizaban juegos por turnos, para que los pequeños jugaran mientras sus padres esperaban noticias de sus casas. Bastó un mensaje en un grupo de WhatsApp para que los turnos se llenaran solos. Y hubo niños que, preguntados si querían volver ya a casa, respondían que no, «porque están como en un campamento». No es poca cosa haber conseguido que, en medio de una tragedia, un niño se lleve un buen recuerdo.
A ellos se sumaron las hermandades, los voluntarios de siempre y muchos que se acercaron sin que nadie les llamara. «Muchos de los voluntarios que están colaborando en el polideportivo son de Cáritas o de hermandades del pueblo, tienen relación con la parroquia», resume D. Álvaro.
Y estuvo la Misa. Se celebró allí mismo, el sábado y el domingo, en el mismo lugar donde estaban. «En el polideportivo hemos estado atendiendo a la gente, escuchándoles, confesándoles, sobre todo escuchando el sufrimiento de tantas personas», cuenta. Ese fue, probablemente, el servicio más callado y el más necesario de todos.
El sacerdote que se multiplicó
Quienes estuvieron esos días en el pabellón dicen que había que verlo para creerlo: coordinando voluntarios, haciendo de enlace con el Ayuntamiento, buscando colchones a media tarde, dedicando una mañana entera a comprar ropa, saliendo hasta a por formas para poder celebrar la Misa y parándose siempre, pese a todo, a hablar con quien lo necesitaba.
Él lo cuenta sin ninguna épica: «La labor del sacerdote es estar, hacerte presente, representar a la Iglesia, el rostro del Resucitado, especialmente entre los mas vulnerables. Es lo que es la vida de un sacerdote normal».
Insistió también, y mucho, en el orden. «En estas cosas la gente se vuelca, pero tenemos que trabajar con orden», repetía; «si no estamos coordinados, esto puede ser un caos». De ahí la cadena de mando que montaron el sábado por la mañana, los turnos y los encargos concretos. La caridad, cuando es de verdad, también se organiza.
«Lo más divino es lo más humano»
Es la frase que más repitió aquellos días, y conviene entenderla bien, porque no es un elogio del humanismo sin Dios ni una confusión entre lo humano y lo divino. Es un eco del Concilio Vaticano II. En Gaudium et spes se afirma que «el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado»: Cristo, al asumir nuestra carne, no anuló nuestra humanidad, sino que la asumió entera y la reveló en su verdad más honda. Por eso acercarse a Dios no aliena ni deshumaniza a nadie; al contrario, nos devuelve a lo que estamos llamados a ser.
Aplicado a un pabellón lleno de camillas, aquello significaba algo muy concreto: buscar mantas, montar un ropero, jugar con los niños o sentarse a escuchar a quien lo ha perdido todo no son tareas «de segunda» frente a lo espiritual. Son el lugar donde se toca a Dios. «Llevamos este tesoro en vasijas de barro», recordaba el vicario citando a san Pablo, «y es un poco lo que estamos experimentando: estamos palpando el drama de tantas situaciones muy difíciles, pero también la Providencia nos está cuidando con sobreabundancia».
La unión nos hace más fuertes
El alcalde, Juan Pedro Izquierdo, y el vicario se veían a diario, y ninguno de los dos recuerda que aquello se acordara formalmente: sencillamente ocurrió. «Si la relación entre el Ayuntamiento y la Iglesia es fluida, esto redunda en el bien de los vecinos», concluye D. Álvaro.
Fueron días duros y nadie pretende maquillarlos. Hubo desconsuelo, gente que lo había perdido todo, noches cortas y mañanas de mucha impaciencia, cuando el miedo dio paso a las ganas de volver a casa y nadie sabía decir cuándo. Pero quienes estuvieron allí coinciden en que ocurrió algo más, algo que solo puede llamarse por su nombre: una experiencia de comunión preciosa entre la parroquia y el pueblo, entre creyentes y no creyentes, entre los vecinos de aquí y los de allí.
El Papa León XIV ha escogido como lema de su ministerio unas palabras de san Agustín: In Illo uno unum, «en Aquel que es Uno, seamos uno». Durante aquellos días, en Villaviciosa, ese lema dejó de ser una frase bonita para convertirse en un pabellón lleno de gente cuidándose.
Al preguntarle qué se lleva de todo esto, D. Álvaro no habla de cifras ni de logística:
«Dice un axioma clásico que no se ama lo que no se conoce. Y casi a las puertas de cumplir mi primer año entre vosotros, esta última experiencia vivida en medio de vosotros me ha hecho conoceros de verdad: saber quiénes sois, de qué pasta estáis hechos, y amaros con todo mi corazón».
Queda dar gracias. «Estoy personalmente sobrecogido y no hago más que decir gracias de verdad», confiesa. Gracias a Dios, que cuidó con sobreabundancia justo cuando parecía que todo se venía abajo. Y gracias a una comunidad que respondió antes de que nadie se lo pidiera.

