La visita del Papa León XIV ha dejado una huella honda en nuestra comunidad. Cuatro miembros de la parroquia —Pastora Gutiérrez, joven feligresa; Álvaro Butragueño y Juan Luis del Moral, voluntarios; y nuestro vicario, el padre Álvaro Piñero— comparten lo que han vivido. Cuatro miradas distintas que, sin proponérselo, apuntan en la misma dirección.
Un puente, no una agencia de viajes
Durante meses, la parroquia preparó la visita del Santo Padre. El padre Álvaro Piñero, nuestro vicario, fue quien coordinó la peregrinación en Villaviciosa de Odón. «Lo que empezó siendo una lista de inscripciones acabó desbordándonos», recuerda: más de quinientos peregrinos, y muchos más que se sumaron por su cuenta. Jóvenes y mayores, hermandades, el Ayuntamiento… todos quisieron arrimar el hombro.
Hubo calor, colas y cansancio. Pero cuando el Papa llegó a la plaza de Lima, algo le atravesó: «No había sido una agencia de viajes ni un Ticketmaster religioso. Había sido puente. Puente para que tanta gente de nuestro pueblo se encontrara con el Sucesor de Pedro en su primer viaje a España».
El trabajo callado que lo hace todo posible
Detrás de un acontecimiento así hay muchas horas que nadie ve. Lo sabe bien Juan Luis del Moral, voluntario de la parroquia, cuyo servicio comenzó el viernes preparando la zona de avituallamiento y acondicionando los espacios de la Castellana que después acogerían a miles de personas. «Aunque eran tareas que muchas veces pasan desapercibidas, me impresionó comprobar la cantidad de trabajo previo que requiere un evento de estas características y la generosidad con la que tantas personas se entregaban al servicio», cuenta.
Ese mismo espíritu lo vivió también el sábado, colaborando desde la parroquia y, más tarde, en la zona destinada a la prensa. «Allí pude comprobar el enorme interés que despertaba la visita y el esfuerzo de tantos profesionales para transmitir cada momento a personas de todo el mundo. Ver el trabajo que se realizaba entre bastidores me ayudó a valorar aún más la dimensión universal de la Iglesia».
Para Álvaro Butragueño, voluntario y padre de tres hijos, esa entrega es el corazón de la fe: «Hay una gran felicidad escondida en el trabajo en común por un bien desinteresado. Ese sentimiento de pertenencia hace que nunca te sientas solo».
La alegría y la emoción de un padre
Pastora Gutiérrez, una de las jóvenes de la parroquia, destaca la cercanía del Papa. «No dejó de sonreír en ningún momento; una alegría auténtica», cuenta. Incluso en el Santiago Bernabéu se le vio reír durante el espectáculo que representaba «los goles que ha metido la Iglesia».
Pero, detrás de esa alegría, también asomaba la emoción. «Detrás del cansancio, del calor, de las ojeras y de la ya icónica marca de la mitra en su frente durante la misa de Cibeles, se percibía a un sucesor de San Pedro profundamente emocionado al contemplar el inmenso rebaño que tiene en España», relata Pastora. Impresionaban sus constantes paradas para bendecir a los niños, a los recién nacidos, a las personas con discapacidad, a cualquiera que se acercara, sin importarle el tiempo.
El silencio, el madrugón y la fe de los jóvenes
La imagen que el padre Álvaro guarda grabada es la del domingo, a las cinco de la mañana, camino del control de sacerdotes concelebrantes: « Se me quedó grabado el gran contraste que encontré. Primero, jóvenes saliendo de los locales nocturnos, la mirada perdida. Unos metros más adelante, otros jóvenes cantaban sin apenas haber dormido. Caminaban al encuentro de un Dios tan locamente enamorado del hombre que se hace pequeño, que se hace Eucaristía».
Esa misma fe la vivió Pastora en la plaza de Lima: «Resultó sobrecogedor contemplar medio millón de jóvenes arrodillados en oración. En aquel silencio casi absoluto, olvidamos el ruido de la ciudad para centrarnos en lo verdaderamente importante, unidos ante Cristo».
Todos hermanos
Las cuatro voces coinciden en la fraternidad que se respiró. Pastora la encontró en los pequeños gestos: «Quien estaba a tu lado te ofrecía unas chuches si te veía con hambre; otro compartía agua, una silla o un abanico cuando el calor apretaba». El padre Álvaro la vivió en el Bernabéu: «Más de doscientas cincuenta personas de Villaviciosa vibramos juntas en comunión: no nos conocíamos, pero todos éramos hermanos». Y Juan Luis se queda precisamente con eso: «la fraternidad entre los voluntarios y la alegría de haber contribuido, aunque fuera de manera sencilla, al buen desarrollo de unos días históricos».
El encuentro con Cristo en la Eucaristía
Para Juan Luis, el momento más especial llegó el domingo, cuando participó como ministro extraordinario de la comunión. «En medio de una multitud tan grande, poder acercar la Eucaristía a tantas personas me hizo tomar conciencia de la belleza y la responsabilidad de este ministerio. Más allá de la organización y la logística, todo cobraba sentido en ese encuentro con Cristo compartido por miles de personas». Era, en el fondo, hacia donde apuntaba todo aquel esfuerzo: el encuentro con el Señor que el padre Álvaro veía buscar a los jóvenes de madrugada.
Del entusiasmo al compromiso
Si algo deja una visita así, es una pregunta: ¿y ahora qué? Álvaro Butragueño lo tiene claro. Recuerda las palabras que el Papa dirigió a los jóvenes —«Sed misioneros del Evangelio ante las pobrezas materiales y espirituales de nuestro tiempo. ¡Vosotros podéis cambiar la historia! ¡Hacedlo con el amor!»— y las convierte en programa de vida a través del voluntariado.
Su testimonio es un decálogo de razones para servir: poner los propios talentos al servicio de la comunidad («si se te da bien dirigir, dirige; si se te da bien escuchar, escucha; si se te da bien cantar, canta»), predicar con el ejemplo, cultivar la empatía y atreverse a mirar de frente las desigualdades. «Debemos ser sal de la tierra. Debemos dejar algo mejor que cuando vinimos», resume. Y todo ello con una raíz: «Sin amor, nada soy».
No tengáis miedo
A todos les marcó que el Papa renovara el célebre «No tengáis miedo» de san Juan Pablo II. A Pastora le resonaron sus palabras: «No tengáis miedo de pensar en una vocación… No tengáis miedo de expresar lo que sentís en el corazón». Una invitación valiente a escuchar la llamada de Dios y responder con generosidad.
El padre Álvaro lo enlaza con el Concilio que tanto ha citado el Papa: «Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo». Unos y otros, dice, caben en su Corazón.
Alzar la mirada
Quizá por eso las cuatro voces terminan en el mismo lugar, el que da nombre al lema que nos ha acompañado todo el curso. Álvaro Butragueño lamenta que vivamos «en una sociedad que se mira al ombligo en vez de alzar la mirada», y reivindica parar y mirar alrededor. Pastora descubrió, escuchando a tantos buscar sentido, que «todos compartimos la misma sed de felicidad, y que esa sed solo encuentra respuesta plena cuando encontramos a Cristo». Juan Luis lo resume desde la experiencia del servicio: «Servir a los demás es una de las formas más bonitas de vivir la fe».
Y el padre Álvaro lo formula como un deseo que resume el de toda la parroquia: «En el corazón nos queda un solo deseo: alzar la mirada a Jesucristo y a los hermanos, para construir una sociedad en la que todos quepan, en la que cada vida sea digna y defendida. Una sociedad según el Corazón de Jesús».
Alza la mirada.
Gracias a Pastora, a Álvaro, a Juan Luis y al padre Álvaro por compartir su testimonio con toda la comunidad.

